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El día de la concordía

Edgar Wallace


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PRÓLOGO

EN pie, ante una larga mesa de acero, un joven trabajaba afanosamente, armado de unas pinzas y un punzón. El objeto de su atención era un molde o plancha de imprenta, y aunque le temblaba la mano y por razones de conveniencia propia, trabajaba con solo una de las doscientas bombillas que iluminaban el inmenso taller de la imprenta de Ponters, no cometía ningún error. En una ocasión, alzó la cabeza y escuchó. No había más ruido que el repiqueteo de una linotipia en el piso de abajo, donde el turno de noche estaba componiendo una revista dominical; y sirviendo de fondo a este martilleo, el ruido sordo y prolongado de las prensas en el sótano.

El hombre que trabajaba se limpió el sudor de la frente; e inclinándose de nuevo sobre la forma (1) prosiguió su labor con increíble rapidez.

Era un hombre de veintitrés a veinticuatro años. Tenía la cara redonda y los ojos apagados.

Tom Elmers era aficionado a la bebida algo más de lo prudente; y desde el día en que Delia Sennett le había dicho, en su tono tranquilo y reposado, que tenía (1) Llámase "forma", en tipografía, al molde que se pone en la prensa para imprimir.

(N. del T.)otros planes muy distintos de los que él le exponía con tal vehemencia, no había intentado reprimir sus inclinaciones.

De nuevo levantó la cabeza y escuchó, llevando la mano a la llave de la luz, dispuesto a apagarla; pero no oyó ningún ruido de pasos en el pasillo de piedra; y continuó su trabajo.

Tan embargado estaba que, cuando llegó realmente la interrupc ión, no se dio cuenta de la presencia de otra persona en el taller; y, sin embargo, debería haber recordado que cuando Joe Sennett estaba de servicio nocturno, invariablemente llevaba zapatillas; también debería haber sabido que la puerta giratoria se abría sin producir ruido.

E1 viejo Joe Sennett, regente de la imprenta Ponters Limited, quedó en pie, recostado en la puerta y mirando con asombro al solitario obrero. Luego se acercó suavemente y se detuvo a la altura de este.

— ¿Qué estás haciendo?—preguntó, repentinamente; y el otro dejó caer las pinzas, lanzando un ligero grito al tiempo que se volvía.

—No le he oído entrar—balbució.

— ¿Qué estás haciendo?—repitió Sennett, fijando en el joven la mirada fría de sus ojos azules.

—Recordé que quedaron unas correcciones por hacer, mister Sennett. No me acordé hasta que estuvo terminado; y me estaban preocupando.

—Tanto, que has venido la noche del sábado a hacerlas, ¿eh?—replicó el otro, secamente—.

Eres un obrero modelo, Tom.

Este recogió sus herramientas y se las guardó en el bolsillo de la americana.

—Un obrero modelo—repitió el regente—.

Me gustaría saber a qué has venido.

—Me parece que ya se lo he explicado— gruñó Elmers, mientras se ponía la chaqueta- Joe Sennett le miró con recelo. —Muy bien— contestó—. Ahora márchate, y no lo repitas.

Cuando te falte tiempo para acabar un trabajo déjalo sin terminar.

Cerca de la entrada, había una puerta de hierro con la indicación Privado. Hacia esta puerta se encaminó Joe. Se detuvo ante ella para encender tres luces, que dieron a la habitación la iluminación suficiente para permitirle entrar sin riesgo de tropezar con algún mueble, y luego sacó una llave del bolsillo y la metió en la cerradura. La ligera presión que para ello ejerció bastó para entreabrir la puerta. Giró sobre sus talones con la velocidad del raye — ¿Has estado en esta habitación?— preguntó, severamente.

—No, mister Sennett.

Joe empujó la puerta y encendió otra luz.

Era un aposento no muy grande, en el que también había instalada una imprenta pequeña.

Era el sancta sanctorum de la enorme instalación de Ponters Limited, porque, en aquella cámara, dos cajistas de toda confianza, uno de los cuales era Joe Sennett, componían los documentos secretos que el Gobierno, de cuando en cuando, juzga necesario imprimir y distribuir entre un reducido número de sus servidores. — ¿Quién ha abierto esta puerta? —No lo sé, mister Sennett.

Joe salió del taller y miró a su alrededor.

—Si yo pensara que habías sido tú, Tom, ¿sabes lo que haría? — ¿A qué vienen esas amenazas?—replicó, malhumorado, el joven—. Ya he tenido bastantes disgustos con usted. Delia me ha indispuesto con...

—No menciones para nada el nombre de Delia —cortó, secamente, Joe Sennett.

Luego alzó el dedo índice en señal de amenaza.

—Como sigas por este camino te vas a meter en un lío muy gordo, Tom Elmers. Por el recuerdo de tu padre, que fue amigo mío, querría yo salvarte de tu propia locura; pero me va pareciendo que eres de esos que no tienen salvación.

—Ni la quiero tampoco—gruñó Elmers, y el viejo movió la cabeza, compasivamente.

—Andas en pasos peligrosos por culpa de las malas compañías. La otra noche te vi en High Street, con ese individuo: Palythorpe.

—Bueno, ¿y qué?—replicó Elmers, en tono de reto—. Mister Palythorpe es todo un caballero.

Podría comprarnos, a usted y a mí, cien veces. Es propietario de un periódico.

Joe sonrió, despectivamente.

—mister Palythorpe es un ex presidiario, que cumplió una condena de diez años, por intento de chantaje contra la hija de mister Chapelle. Lo sabes perfectamente. Y si no lo sabes, deberías saberlo.

Tom hizo un gesto de disgusto. Le desconcertó bastante el ver que mister Sennett estaba tan bien enterado de su amistad con un hombre de tan malos antecedentes.

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