|
|
|
|||||||||||||
![]() |
El cuento Mil y Dos de Sherezada |
|||||||||||||
Edgar Allan Poe |
||||||||||||||
Índice de páginas |
| Página 1 |
||||||||||||
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
La verdad es más extraña que la ficción.(Adagio antiguo). En el curso de unas investigaciones orientales, tuve ocasión hace poco de consultar el Dezizmeahorah Eshasionno¹, una obra que, como el Zohar de Simeon Jochaides, apenas es conocida incluso en Europa, y que nunca ha sido citada, que yo sepa, por un americano -si exceptuamos quizá al autor de las Curiosities of American Literature-; habiendo tenido ocasión, cómo digo, de hojear algunas páginas de la notabilísima obra mencionada, quedé no poco asombrado al descubrir que el mundo literario había estado hasta entonces completamente equivocado con respecto al destino de la hija del visir, Scherezada, tal como se describe en Las Mil y Una Noches y que el dénouement ahí dado, si bien no del todo inexacto hasta donde llega, debe al menos censurarse por no haber ido mucho más lejos. Para la plena información de ese interesante tópico remito al lector inquisitivo al propio Eshasionnó, pero, mientras tanto, se me permitirá que dé un resumen de lo que descubrí en él. Se recordará que, en la versión habitual de esos cuentos, cierto monarca, teniendo razones para estar celoso de su esposa la reina, no sólo la condena a muerte, sino que hace una promesa - por su barba y por el profeta- de casarse cada noche con la más bella doncella de sus dominios y de entregarla a la mañana siguiente al verdugo. Habiendo cumplido a la letra ese voto durante varios años, con una puntualidad y un métodos religioso que le honraban grandemente como hombre de devotos sentimientos y excelente juicio, fue interrumpido una tarde (sin duda, a la hora de sus oraciones) por la visita de su gran visir, a cuya hija, según parece, se le había ocurrido una idea. El nombre de ella es Scherezada y la idea consistía en que redimiría al país del despoblador impuesto a sus beldades o bien perecería en el intento como corresponde a toda heroína que se precie. En consecuencia, y aunque no vemos que se trate de un año bisiesto (lo que haría el sacrificio aun más meritorio) comisiona a su padre, el gran visir, para que ofrezca su mano al rey. Este la acepta ávidamente (pues había intentado tomarla de todos modos y sólo aplazaba el asunto un día tras otro por temor al gran visir), pero, al aceptarla ahora, da a entender muy claramente a las partes interesadas que, gran visir o no, no tiene la más ligera intención de ceder un ápice de su promesa o de sus privilegios. Por eso cuando la hermosa Scherezada insistió en casarse con el rey y así lo hizo a pesar del excelente consejo de su padre de no cometer barbaridades, es evidente que tenía sus bellos ojos bien abiertos y que conocía muy bien las circunstancias del caso. Parece, sin embargo, que esta ladina damisela (que debió leer a Maquiavelo sin género de dudas) tenía un plan muy ingenioso in mente. En la noche de bodas se las compuso, he olvidado con qué especioso pretexto, para que su hermana ocupara un lecho lo bastante cercano del de la pareja real como para permitir una fácil conversación de cama a cama. Poco antes del canto del gallo tuvo buen cuidado de despertar al bondadoso monarca, su esposo (que no le guardaba menos afecto por el hecho de que tuviese la intención de retorcerle el cuello al día siguiente), que, gracias a una tranquila conciencia y una fácil digestión, dormía profundamente, para que escuchara el interesantísimo relato (acerca de una rata y un gato negro, creo) que estaba narrando en voz baja a su hermana. Cuando apuntó el día, sucedió que esta historia no había terminado todavía y que Scherezada, dadas las circunstancias, no podía acabarla en esos instantes, pues era ya hora de que se levantara y fuera a que la estrangularan -cosa poquísimo más agradable que ser ahorcado, aunque una pizca más distinguida. Lamento decir que la curiosidad del rey prevaleció sobre sus sanos principios religiosos, induciéndole por esta vez a posponer el cumplimiento de su promesa hasta la mañana siguiente, con el propósito y la esperanza de oír por la noche lo que había ocurrido al final con el gato negro (creo que era negro) y la rata. Llegada la noche, sin embargo, Scherezada no sólo dio el retoque final al gato negro y a la rata (que era azul), sino que, antes de darse cuenta exacta de lo que hacía, se vio envuelta en el intrincado desarrollo de una narración que se refería, si no me equivoco, a un caballo rosado (con alas verdes) que cabalgaba impetuoso por obra de un mecanismo de relojería y al que se daba cuerda con una llave color índigo. Por esta historia se interesó el rey aun más que por la otra y como el día apuntara antes de su conclusión (no obstante los esfuerzos de la sultana por finalizarla a tiempo para el estrangulamiento ) no hubo más remedio que posponer otra vez la ceremonia veinticuatro horas. A la noche siguiente sucedió un accidente similar con similar resultado, y lo mismo a la siguiente y a la otra...; hasta que, al fin, el buen monarca, habiendo sido privado inevitablemente de toda oportunidad de cumplir su promesa durante un periodo no inferior al de mil y una noches, lo olvidó por completo al expirar ese término, se absolvió a sí mismo de él o bien -lo que es más probable- rompió sin reserva dicho voto, así como la cabeza de su padre confesor. En cualquier caso, Schrezada, que, por ser descendiente directa de Eva, había heredado quizá los siete cestos de conversación que esta última señora, según sabemos todos, recogió al pie de los árboles del jardín del Edén, Schrezada, repito, triunfó finalmente y el impuesto sobre las beldades fue derogado. Ahora bien, esta conclusión (que es la del relato tal como aparece escrito) es, sin duda, muy adecuada y agradable, pero ¡ay!, como tantas otras cosas, es más agradable que cierta y yo me hallo muy en deuda con el Eshasionnö por los medios empleados para corregir el error. Le mieux -dice un proverbio francés- est l'ennui du bien, y al mencionar que Scherezada había heredado los siete cestos de charla, debiera haber añadido que los colocó a interés compuesto hasta que subieron a setenta y siete. -Mi querida hermana -dijo en la noche mil y dos (cito al pie de la letra el lenguaje del Eshasionnó en este punto)-, mi querida hermana -dijo-, ahora que ese pequeño inconveniente acerca del estrangulamiento se ha desvanecido y que ese odioso tributo está felizmente abolido, me siento culpable de una gran indiscreción al no contaros a ti y al rey (quien, lamento decirlo, ronca, cosa que no haría ningún caballero ) la verdadera conclusión de la historia de Simbad el marino. Este personaje pasó por muchas otras y más interesantes aventuras que las que relaté, pero la verdad es que precisamente en la noche de su narración tenía yo sueño y en consecuencia quise abreviar la historia, acto injurioso, el cual confío que Alá me perdone. Pero aun así no es demasiado tarde para remediar mi gran negligencia y, en cuanto haya dado al rey un pellizco o dos para que se despierte y deje de hacer ese horrible ruido, te contaré inmediatamente (y a él, si tal le place) la continuación de esa notabilísima historia. Por lo que he leído en el Eshasionnó, la hermana de Scherezada no se mostró demasiado entusiasmada ante aquella perspectiva; pero el califa, después de recibir suficientes pellizcos, dejó de roncar y dijo finalmente ¡hum!» y luego «¡ah!», con lo que la sultana entendió (porque sin duda estas son palabras árabes) que él era todo oídos; y habiendo arreglado estas cosas a su satisfacción, reanudó sin pérdida de tiempo la historia de Simbad el marino. |
|||||||
| ||||||||||||||
| ||||||||||||||
| Contacto |
| Página 1 |
||||||||||||
|
|
www.bibliogratis.com |
|||||||||||||