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Don Carlos Infante de España. Poema |
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Federico Schiller |
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Acto I. Escena Primera. El jardín del palacio de Aranjuez. CARLOS. - DOMINGO. DOMINGO.- Pasaron los hermosos días de Aranjuez, y Vuestra Alteza va a dejarnos sin haber recobrado su alegría. De modo que en vano habremos permanecido aquí. Romped vuestro enigmático silencio, abrid vuestro corazón, Príncipe, al corazón de un padre. Pagaría el Rey al más alto precio la felicidad de su hijo, la felicidad de su hijo único. (Carlos silencioso fija la vista en el suelo.) ¿Puede existir por ventura algún deseo cuya realización niegue el cielo al más querido de sus hijos? Junto a vos me hallaba, junto a los muros de Toledo, cuando el altivo Carlos recibió el homenaje de los príncipes que se apresuraban a besarle la mano, y en una sola genuflexión, en una sola, seis reinos se postraban a sus plantas. Allí estaba yo, y vi colorearse su rostro de legítimo orgullo, y alzarse su pecho henchido de magnánimas resoluciones, y tender su mirada ebria y radiante de gozo a los congregados; Príncipe, aquella mirada decía: veo colmados mis deseos. (Carlos vuelve la cabeza.) El grave y solemne pesar que se lee en vuestro semblante, de ocho meses acá, este enigma para toda la corte, este motivo de angustia para el reino, costó ya al Rey algunas noches penosas, y muchas lágrimas a vuestra madre. CARLOS. (Volviéndose rápidamente.)- Mi madre ¡Oh Dios! haz que yo perdone al que me la dio por madre. DOMINGO.- Príncipe... CARLOS. (Reponiéndose y pasando la mano por la frente.)- He sido muy desgraciado con mis diferentes madres, capellán. Mi primer acto, al abrir los ojos a la luz, fue dar la muerte a la que me había dado el ser. DOMINGO.- ¿Es posible, Príncipe, que la conciencia os reproche semejante accidente? CARLOS.- Y mi segunda madre ¿no me ha arrebatado después el amor de mi padre? Apenas me amaba, y mi único mérito consistía en ser su único hijo... Ella, le da otro, ¡oh! ¡Quién sabe lo que se prepara en los lejanos espacios del tiempo! DOMINGO.- Acaso os chanceáis, Príncipe... España entera idolatra a su soberana, ¿y sólo vos osaríais mirarla con ojos de hiena, y sólo la desconfianza inspirará su aspecto a vuestro corazón? ¿Cómo, príncipe? La mujer más bella de este mundo, una reina, ayer vuestra prometida, imposible, Príncipe, increíble, nunca. Donde todos hallan motivo de adoración, ¿hallaría el Príncipe motivo de aborrecimiento?... Cuidad, Alteza, de que jamás advierta ella que desagrada a su hijo, porque esta noticia la afligiría. CARLOS.- ¿Lo creéis así? DOMINGO.- Sin duda V. A. recuerda todavía el torneo de Zaragoza, donde nuestro soberano fue herido de un bote de lanza. La Reina presenciaba el combate desde un balcón de palacio, sentada entre sus damas... Súbitamente se oyó gritar: El Rey está herido... Todos corren en tropel... Un murmullo confuso llega a oídos de la Reina.- ¡La sangre del Príncipe! -exclama- e intenta arrojarse de lo alto del balcón.- No,- le responden.- ¡Es el Rey!... Entonces, -dice ella serenandose,- que llamen a los médicos. (Pausa.) ¿Quedáis pensativo? CARLOS.- Me sorprende descubrir en el confesor del Rey tanta ligereza, y oír de su boca el relato de tan ingeniosas historias. (Con acento grave y sombrío.) Siempre oí decir, sin embargo, que los que espían los actos ajenos y refieren lo que ven, han causado al mundo mayor número de males, que el veneno y el puñal en manos del asesino. Podéis ahorraros este trabajo... Si esperáis las gracias, acudid al Rey. DOMINGO.- Obráis, Alteza, perfectamente mostrándoos circunspecto con los hombres, pero aprended a distinguir entre ellos y no rechacéis al amigo con el hipócrita; con respecto a vos, la más sana intención me guía. CARLOS.- En tal caso, que no la observe mi padre, pues de otro modo, ¿qué sería de vuestro cardenalato? DOMINGO.- ¡Cómo!... ¿Qué queréis decirme? CARLOS.- ¡Qué!... ¿No os ha prometido el primer birrete cuya provisión corresponda a España? DOMINGO.- Príncipe, ¿os burláis de mí? CARLOS.- Dios me libre de burlarme del hombre que puede, a voluntad, condenar o prometer la salvación a mi padre. DOMINGO.- No intentaré, Príncipe, penetrar el augusto secreto de vuestra pena, mas sí ruego a V. A. que advierta que la Iglesia ofrece a las conciencias perturbadas asilo inviolable, aun para los mismos reyes, y donde los crímenes quedan sepultados bajo el sello del sacramento. Sabéis ya cuál es mi intención, y bastante he dicho. CARLOS.- No, lejos de mí la idea de exponer al depositario a semejante tentación. DOMINGO.- Príncipe, esta desconfianza... Desconocéis a vuestro más fiel servidor. CARLOS.- Pues bien; no os ocupéis más de mí. Sois un santo varón, el mundo lo sabe; pero si he de hablar con franqueza, me parecéis muy agobiado de trabajo. Para llegar al solio pontificio, vuestro camino es muy largo, reverendo padre, y la mucha ciencia podría seros embarazosa. Decídselo al Rey, que os envía aquí. DOMINGO.- ¿Qué me envía aquí? CARLOS.- Lo he dicho ya. ¡Oh! Harto sé que la traición me sigue en la corte; sé que cien ojos están pagados para observarme: sé que el rey Felipe vendería su hijo único al último de sus criados; que cada sílaba que se sorprende en mis labios es pagada a mayor precio del que obtuvo nunca una noble acción; sé... ¡Silencio!... Ni una palabra más. Mi corazón ansía explayarse y harto he dicho ya. DOMINGO.- El Rey ha decidido estar de vuelta en Madrid antes de esta misma noche, y ya la corte se reúne... Tengo el honor, Príncipe... |
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