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Dick Turpin. El Caso Del Castillo Embrujado

Anónimo


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I

La guardia de Dick Turpin El negro Batanero, mientras limpiaba las botas de su jefe, cantaba a voz en cuello una canción sin sentido. Palabra que se le ocurría, palabra era que agregaba a su canción con gran regocijo de su parte y desesperación de sus compañeros.

-¡Cállate, negro del demonio! -le gritó Peters, sin dejar de limpiar su pistola.

Pero el negro continuó cantando alegremente sin preocuparse por los oídos de sus compañeros, y sin hacer caso de sus elocuentes miradas.

Pero intervino Moscarda con su vozarrón impresionante: -¡Si en algo aprecias tu cabeza, cierra el pico, ruiseñor negro!

Y Batanero, que sabía cómo se las gastaba Moscarda, interrumpió su canción.

-¿El jefe piensa salir, Moscarda? -preguntó Peters.

-Creo que sí. Hoy recibió un mensaje del Caballero de Malta -respondió aquél, y agregó-: De manera que hay que estar listos.

No bien terminó de hablar Moscarda cuando hizo su aparición Dick Turpin. Todos se pusieron de pie.

-Peters y Batanero, monten y síganme. Tú, Moscarda, te quedas hasta que vuelvan King y Pat, ¿entendido?

-Sí, jefe.

-Andando entonces.

Y los tres jinetes tomaron por un sendero del bosque y pronto se perdieron de vista.

Dick Turpin iba silencioso, como preocupado.

Y tanto Peters como Batanero no intentaron hacerle preguntas. No sabían porqué asunto se habían puesto en camino ni adónde iban. Pero ya estaban habituados a la forma de ser de su jefe. Por otra parte, poco les interesaba.

Se habían puesto incondicionalmente a las órdenes de Dick Turpin y con él habían vivido aventuras inenarrables. Al lado de un hombre del temple y la audacia de Dick, que exponía su vida constantemente en su lucha sin cuartel contra los poderosos, habían dado muestras de arrojo y de nobleza. Porque Dick exigía de sus hombres solamente valor e hidalguía, para defender a los desheredados, a los menesterosos, y a todos aquellos que fueran víctimas inocentes de la injusticia y del despotismo.

El había sufrido en carne propia la maldad de los hombres sin escrúpulos y había jurado vengarse. Sus camaradas lo sabían y se habían unido a él para vencer o morir a su lado.

Los tres jinetes llegaron a un pueblo desconocido cuyas calles veíanse animadísimas y nuestros amigos detuviéronse frente a una tribuna levantada en una plaza y frente a la cual bailaban los mozos del lugar con apuestas y garridas muchachas, al compás de una alegre banda.

Dick se adelantó, dirigiéndose hacia un joven de distinguido aspecto que estaba sentado en la tribuna.

-¿Sois por ventura el señor de Bassingham?

-preguntóle Dick.

-Horacio de Bassingham para serviros - replicó el joven.

-Yo soy... la respuesta del mensaje que disteis a...

-¿Vos?... Perdonad, pero esperaba verme frente a otro hombre...

en fin... vos comprenderéis...

-Os comprendo -dijo Dick sonriendo-. Pero soy yo... y os ruego que me llaméis... Enrique, si os place. Estos son mis criados.

-Bien. Tened la bondad de esperar un momento. La fiesta va a terminar pronto, puesto que esta danza es la última de la serie...

y se baila en mi honor. Mi mayordomo se hará cargo de vuestros caballos.

Una vez terminada la danza, sirvióse una cena en cuatro largas mesas que fueron colocadas en la plazoleta, momento que aprovechó el joven Bassingham para tomar a Dick de un brazo y alejarse con él hacia el castillo.

Dick miró significativamente a sus hombres y éstos comprendieron que el jefe deseaba que se quedaran allí a la espera de órdenes.

II

El fantasma del castillo Cuando llegaron a las puertas del castillo, el joven Bassingham se detuvo.

-Quiero explicaros el por qué de la fiesta.

Es festejando el aniversario de mi nacimiento, y como mi pobre padre, que en gloria esté, solía celebrarlo con esplendor, he querido seguir esa costumbre, más que por mí, en homenaje a su memoria.

-Hacéis bien, puesto que vuestros terratenientes tienen oportunidad de ser felices - expresó Dick.

-Trato de ser con ellos todo lo bueno que puedo.

En ese preciso instante, Dick vió, a la luz clara de la luna, pasearse una sombra por la azotea del castillo.

-Tenéis acaso centinelas? -preguntó intrigado.

Bassingham sonrió tristemente.

-No; ése es uno de los horribles misterios que me rodean.

Apenas terminó de hablar el joven oyóse un grito estridente, terrorífico, mezcla de lamento y de aullido, como lanzado por una fiera salvaje.

-Entremos, amigo mío -repuso Bassingham-.

Ansío comunicaros lo que me sucede y qué fue lo que me impulsó a pedir ayuda al señor de Courtney, o el Caballero de Malta como vos le llamáis.

Una vez en uno de los salones del castillo, cómodamente sentados, el joven Bassingham dio comienzo a su relato.

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