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Descripción de una lucha |
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Franz Kafka |
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…la gente se mece y en la grava se pasea bajo este vasto cielo que de lomas lejanas a lejanas lomas llega. I Algunas personas se levantaron casi a las doce; después de hacer reverencias, darse las manos y decir que todo había sido muy agradable, salieron al vestíbulo por el gran portal. La dueña de la casa, en el centro, se inclinaba con volubilidad, mientras se agitaban los bonitos pliegues de su vestido. Yo, sentado a una mesita con tres patas finas y tensas, en ese momento tomaba un sorbo de mi tercera copa de Benedictine, y al beber miraba la pequeña provisión de pastelillos que yo mismo había elegido y apilado. Entonces, en la puerta de una habitación contigua apareció mi nuevo conocido, un poco agitado y desordenado; como no me interesaba gran cosa, quise apartar la mirada. El, en cambio, se me acercó, y riéndose distraídamente de lo que me ocupaba, dijo: - Disculpe que me dirija a usted, pero he estado hasta ahora sentado con mi novia en la habitación contigua desde las diez y media. ¡Esta sí que ha sido una noche, compañero! Comprendo: no está bien que se lo cuente; apenas nos conocemos. ¿No es así? Apenas si al llegar hemos cambiado unas palabras en la escalera. Con todo, le ruego que me disculpe, pero no soportaba ya la felicidad, era más fuerte que yo. Y como aquí no tengo conocidos en quienes confiar… Miré con tristeza su bello rostro arrebolado -el pastelillo de fruta que me había llevado a la boca no era gran cosa- y le dije: - Desde luego que me agrada parecerle digno de confianza, pero no me interesa ser su confidente. Y usted, si no estuviese tan alterado, se daría cuenta de lo tonto que es hablar de una muchacha enamorada a un bebedor solitario… Cuando callé, se desplomó sobre el asiento y echándose hacia atrás dejó colgar los brazos. Luego los cruzó y habló en voz bastante alta: - Hace un momento Anita y yo estábamos solos en ese cuarto. Yo la besaba, la besaba, ¿entiende?, en la boca, en las orejas, en los hombros. ¡Dios mío! Algunos invitados, suponiendo una animada conversación, se acercaron bostezando. Me levanté y dije para que todos lo oyeran: - Bien; si usted lo desea voy, pero insisto en que es una locura ir al Laurenzi en una noche de invierno. Hace frío y la nieve hace que los caminos parezcan pistas de sky. Pero si se empeña… Primero me miró con sorpresa, entreabriendo sus húmedos labios, pero luego, cuando vio a los otros, muy próximos, se echó a reír y dijo al tiempo que se levantaba: - ¡Oh!, el fresco nos sentará bien; tenemos las ropas transpiradas e impregnadas en humo; además, sin haber bebido precisamente con exceso, estoy un poco mareado. ¿Vamos? Buscamos a la anfitriona quien, mientras él besaba su mano, le dijo: -Me siento muy contenta; ¡parece usted tan feliz esta noche!… La bondad de sus palabras lo emocionó y se inclinó nuevamente sobre la mano; entonces ella sonrió. Tuve que arrastrarlo. En el vestíbulo había una criada que veíamos por primera vez. Nos ayudó con los abrigos y tomó una pequeña lámpara para alumbrarnos la escalera. Una cinta de terciopelo casi pegada a la barbilla rodeaba su cuello desnudo; dentro de sus ropas sueltas, el cuerpo ondulaba al precedernos con la lámpara. Sus mejillas estaban rojas; había bebido vino, y al débil resplandor que llenaba la escalera, se advertía el temblor de sus labios. Una vez abajo, puso la lámpara en un escalón, avanzó hacia mi compañero; lo abrazó y besó y lo volvió a abrazar. Sólo cuando le puse una moneda en la mano se desprendió como adormilada, abrió con lentitud la pequeña puerta y nos dejó salir. Sobre las calles vacías, uniformemente iluminadas, había una luna enorme que brillaba en el cielo ligeramente nublado y que por ello se veía más extenso. Sólo se podían dar saltitos sobre la nieve congelada. De inmediato comencé a sentirme muy despabilado. Flexioné las piernas, hice crujir las coyunturas, grité un nombre como si alguien hubiese escapado doblando la esquina; arrojé el sombrero al aire y lo recogí con jactancia. Mi compañero no se preocupaba por lo que yo hacía. Iba con la cabeza inclinada, mudo. Me extrañó; había supuesto que al sacarlo de la reunión se pondría a hablar ansiosamente. No fue así, también yo podía comportarme con más calma. Acababa de darle un golpecito animador en la espalda cuando, de pronto, dejé de comprenderlo y retiré la mano y la metí en el bolsillo del abrigo. Continuamos, pues, en silencio. Yo, atento al ruido de nuestros pasos, no llegaba a comprender cómo no me era posible conservar el paso de mi acompañante. Sin embargo, el aire era diáfano y veía nítidamente sus piernas. Alguien nos contemplaba acodado en una ventana. Al entrar en la calle Ferdinand noté que mi compañero comenzaba a tararear una melodía de "La Princesa del Dólar"; lo hacía muy quedo, pero alcanzaba a oírlo bien. ¿Qué se proponía? ¿Ofenderme? Bien; estaba dispuesto a prescindir de la música y del paseo. ¿Y por qué no hablaba? Si no me necesitaba ¿por qué no me había dejado en paz con las golosinas, y al calor del Benedictine? Desde luego que yo no había tenido mucho interés en dar este paseo. Por otra parte, podía divertirme sin él. Regresaba de una velada, acababa de salvar del oprobio a un joven ingrato y me paseaba ahora a la luz de la luna. De acuerdo. Durante el día, en el trabajo, después en sociedad y, por la noche, en las calles, y sin medida. Un modo de vivir atolondrado… en su naturalidad. Pero mi compañero aún me seguía; hasta aceleró el paso al notar que se había retrasado. No hablábamos; tampoco podía decirse que camináramos. Me pregunté si no me convenía coger una calle lateral, ya que en el fondo no tenía ninguna obligación de pasear con él. Podía regresar a casa solo, nadie podía impedírmelo. Luego lo vería, desorientado, irse por la bocacalle. ¡Adiós, querido! Me acogerá la tibieza del cuarto, encenderé la lámpara de pie de hierro que hay sobre la mesa, y luego, ¡por fin!, me arrojaré en mi sillón, sobre la raída alfombra oriental. ¡Hermosas perspectivas! ¿Y por qué no? ¿Y después? Ningún después. La claridad de la lámpara caerá sobre mi pecho en la cálida habitación. Luego me abandonará el calor y las horas pasarán en una soledad de paredes pintadas; sobre el suelo, que en el espejo de marco dorado de la pared trasera se refleja oblicuamente. Mis piernas comenzaban a fatigarse y estaba decidido a regresar a casa de cualquier modo para meterme en cama, cuando me asaltó la duda de si, al separarnos, debía saludarlo o no. Era demasiado tímido para alejarme sin saludar y me faltaba valor para hacerlo con una simple exclamación. Me detuve, pues, y apoyándome en una pared iluminada por la luna, esperé. Mi compañero se deslizaba hacia mí por la acera, rápido, como si yo debiera recibirlo en brazos. Me hacía un guiño en señal de inteligencia, por algo que yo probablemente no recordaba. - ¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Qué pasa? |
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