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Cuadernos en octava |
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Franz Kafka |
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CUADERNOS EN OCTAVA Franz Kafka PRIMER CUADERNO Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado. Se queda ahí, con el pecho hundido, los hombros caídos, los brazos colgantes, incapaz de levantar las piernas, la mirada fija en un punto. Un fogonero. Toma el carbón con la pala y lo arroja por la boca de la caldera encendida. Un niño se ha deslizado por los veinte patios de la fábrica y le tironea el delantal. –Papá —le dice–, te traje la sopa. Estimado W.1 1 Borrador de una carta a Paul Wiegler, quien publicó durante la guerra, entre otras cosas, una antología de cartas de Beethoven. Infinitas gracias por el libro sobre Beethoven. Hoy empiezo a leer a Schopenhauer. Qué monumento, este libro. Que podáis, con vuestra delicadísima mano, con mirada agudísima para lo que constituye la verdadera realidad de las cosas, con el poderoso y sin embargo controlado fuego central de vuestra naturaleza poética, con vuestra inmensa, increíble erudición, destacar a otros, para inexpresable alegría mía. Viejo, corpulento, con algún ligero malestar del corazón, estaba echado, después del almuerzo, sobre el diván, con un pie en el suelo, y leía un texto de historia. Entró la mucama y, poniéndose dos dedos sobre los labios salientes, anunció un visitante. –¿Quién es? –pregunté, fastidiado por el hecho de tener que recibir a alguien justamente mientras esperaba el café. –Un chino –dijo la mucama y, volviéndose, reprimió turbada una carcajada que el visitante, del otro lado de la puerta, no debía oír– – ¿Un chino? ¿A verme? ¿está vestido de chino? La sirviente asintió, luchando aún con sus deseos de reír. –Dile mi nombre, pregúntale si quiere verme precisamente a mí, que soy desconocido en la casa de al lado, con mayor razón en la China–La sirvienta se deslizó a mi lado y susurró: – Tiene una tarjeta donde dice que solicita ser recibido. No sabe alemán, habla un idioma incomprensible, no me animo a tomar la tarjeta. – ¡Hazlo pasar! –dije entonces, atacado por la agitación que suele provocarme mi afección de corazón, tiré el libro al suelo maldiciendo la torpeza de la sirvienta. Me puse de pie, y después de haber estirado mi cuerpo gigantesco, con el cual debía poder intimidar a cualquiera en aquella pequeña habitación, me dirigí hacia la puerta. En efecto, apenas me vio el chino se escabulló. Estiré una mano por el corredor y tomando a aquel hombre por el cinturón de seda, lo arrastré despacio hacia adentro– Era evidentemente un estudioso, pequeño, delicado, con anteojos de carey, una rala barba aguda, tiesa, color sal y pimienta. Un hombrecito amable, que sostenía la cabeza un poco inclinada y sonreía con los ojos entornados. El doctor Bucéfalo, abogado, llamó una mañana a su ama de llaves a su cabecera y le dijo: – Hoy comienza el gran debate del proceso de mi hermano Bucéfalo contra la firma Trollhátra. Yo conduzco la acusación, y como Ira audiencia durará por lo menos unos días, sin verdaderas interrupciones, no volveré a casa en los próximos. Apenas termine la audiencia o pOr lo menos apenas se prevea su fin, le telefonearé. Por ahora no puedo decir más ni contestar ninguna pregunta, ya que tengo que conservar toda la voz. De manera que tráigame de desayuno dos huevos crudos y un té con miel.–Y, recostándose despacio en las almohadas, enmudeció. El ama de llaves, mujer charlatana pero que tenía mucho miedo a su patrón, quedó muy impresionada. ¡Aquella orden extraordinaria había llegado tan de improviso! El patrón había hablado con ella la misma noche anterior, pero sin ninguna referencia a lo que debía suceder. No era posible que la audiencia la hubieran decidido durante la noche. Además, ¿acaso existen sesiones judiciales que duren días enteros, ininterrumpidamente? ¿Y por qué el patrón le nombraba las partes en litigio, cosa que no había hecho nunca? ¿Y qué gran proceso podía llegar a tener el hermano del patrón, el pequeño verdulero Adolf Bucéfalo, con quien, por otra parte, el patrón parecía estar desde hacía tiempo en malas relaciones? ¿Y cómo conciliar el esfuerzo inconcebible que enfrentaba el patrón con ese quedarse en cama tan extenuado, cubriéndose con la mano – si la luz de la mañana no engañaba– el rostro macilento? ¿Y había que llevarle solamente té y huevos, ni siquiera, como de costumbre, un poco de vino y de jamón para restablecerle del todo la vitalidad? El ama de llaves volvió a la cocina con estos pensamientos, se sentó sólo un momento en su lugar preferido junto a la ventana, al lado de las flores y el canario, miró hacia el otro lado del patio, donde, detrás de las rejas de una ventana, dos criaturas casi desnudas luchaban y jugaban, después se volvió suspirando, sirvió el té, fue a tomar dos huevos de la despensa, ordenó todo sobre una bandeja, no pudo resistir el impulso de agregar también la botella de vino, como benéfico estímulo, y llevó todo al dormitorio. La habitación estaba vacía. ¿Cómo era posible? El patrón no podía haberse marchado ya. ¿Cómo podía haberse vestido en un minuto? Sin embargo, había desaparecido el traje y la otra ropa. ¿Pero, por el amor del cielo, qué le pasa al patrón? ¡Pronto, a la antecámara! Pero han desaparecido también el abrigo, el bastón y el sombrero. ¡A la ventana! Por Satanás, allí va el abogado saliendo por el portal, el sombrero en la nuca, el abrigo desabrochado, la cartera apretada contra el cuerpo, el bastón colgando de un bolsillo del sobretodo. ¿Conocen el Trocadero de París? En aquel edificio, de cuyas dimensiones no hay imagen que les pueda dar la más pálida idea se desarrolla actualmente la parte final de un gran proceso. Ustedes se preguntarán, quizá, cómo es posible calefaccionar suficientemente un edificio así, en este invierno terrible. Pues bien, no se lo calienta. Pensar de pronto en la calefacción en un caso así es algo que se da únicamente en una linda finca de campo como la que viven ustedes. El Trocadero no se calienta por lo tanto, durante todo el curso del proceso, en medio del frío que circula por todas partes por arriba y por abajo se procesa con el mismo ritmo, a lo largo y a lo ancho, por derecha e izquierda. |
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