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Contra valor no hay desdicha |
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Félix Lope de Vega |
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Acto primero. Ciro y Mitrídates, los dos en hábito de villanos. MITRÍDATES Quitarte tengo la vida. CIRO Tened, padre, la cayada; que la sufro, levantada, pero no podré caída. MITRÍDATES ¡Tú tienes atrevimiento para responderme así! CIRO Más sufrimiento hay en mí, que hay en vos entendimiento. MITRÍDATES Acabóse: ya perdiste la vergüenza; mas ¿perder, Ciro, cómo puede ser, cosa que nunca tuviste? CIRO ¿Qué causa os he dado yo para tratarme tan mal, si este valor natural conmigo mismo nació? Un honrado pensamiento, que me habéis de agradecer, ¡viene con vos a perder su justo merecimiento! Padre, ne, penséis que vos solo mi artífice fuistes; porque si el cuerpo me distes, las almas infunde Dios. Este pensamiento honrado nace del alma; y así, lo que Dios infunde en mí, ¿cómo puede ser culpado? Corta un escultor un leño y señala una figura, que acabar después procura por las líneas del diseño. Este leño os debo a vos, figura muda y en calma; que la perfección del alma, sólo se la debo a Dios. Si traigo de la ciudad algunos libros que leo, decís que mi vida empleo en tan loca vanidad; si lo que dellos aprendo escribo, os da tal cuidado que virtüoso os enfado, y hombre de bien os ofendo. ¿Todo ha de ser cultivar la tierra y seguir dos bueyes? ¿No tienen los dioses leyes para saberlos honrar? ¿No es bien saber los secretos naturales de las cosas a la labranza forzosas para acertar los efetos? ¿Qué se pierde por saber el celestial movimiento? MITRÍDATES Ese desvanecimiento, Ciro, te ha echado a perder. Esas guerras que has leído, y esos amores, te han hecho caballero a mi despecho, y por tu daño, atrevido. Todas estas caserías quieres gobernar; muy necio, haces de todos desprecio: tales pensamientos crías. Vive Filis esta aldea, de Arpago hermana, privado del Rey, por no dar cuidado a su madrastra Dantea; Y siendo tan principal, la sirves, y eres contrario de nuestro príncipe Dario: ¿puede haber locura igual? CIRO Padre, si a Filis serví, no toda la culpa fue mía; que no la miré sin que me mirase a mí. Nace de habernos criado juntos este noble amor. MITRÍDATES Tan grande competidor, Ciro, me pone en cuidado; que el peligro a que te pones es el que debo temer. CIRO Yo me sabré defender con excusar ocasiones en que le pueda dar celos. MITRÍDATES De tu discreción lo fío. CIRO Id seguro, padre mío. MITRÍDATES Guarden tu vida los cielos. Vase. CIRO Las altas luces, despeñado en ellas, para que con sus rayos se confronte, en el carro del sol pisó Faetonte con los diamantes de sus ruedas bellas. Del fulgurante ardor formó querellas del Erídano claro el horizonte, viendo correr por el celeste monte extraño sol, atropellando estrellas. Así, mi dulce pensamiento honrado, ¿quién te podrá negar que al sol subiste, aunque mueras de Filis abrasado? Con gloria mueres si atrevido fuiste; pues ya que no eres sol, has confirmado, muerto en el cielo, que del sol naciste. Bato. BATO ¡Gracias a Júpiter santo que vengo a topar contigo! ¿Dónde estabas? CIRO Bato amigo, canséme de esperar tanto. BATO Los árboles uno a uno he contado por el prado buscándote, y no he dejado valle ni pastor ninguno sin preguntalles por ti. CIRO ¿Qué hay de Filis? BATO Que salía hoy para alegrar el día, y el alba en sus ojos vi. Di luego la norabuena a la selva; y a la fe, que donde estampaba el pie quedaba de flores llena. Cantaban los ruiseñores de árbol en árbol a coros, y los arroyos sonoros los bajos entre las flores. Llegué con mi reverencia, y la dije: «Venus bella te guarde, aunque de su estrella le ofenda la competencia.» Y ella, que apenas con risa, «Bien vengas», me respondió, del clavel con que me habló cerró las hojas aprisa; que, a tardarse, no lo ignores, tan bellas perlas mostrara, que el alba se las tomara para aljófar de las flores. CIRO Parece que se ha mudado tu rústico entendimiento. BATO ¿No has visto, en el aposento que el príncipe Dario ha entrado, quedar olor por un rato del guante de ámbar? Así, en después que a Filis vi, has de imaginar a Bato; porque habrá sido ocasión, si estoy discreto contigo, que traigo, el ámbar conmigo de su rara discreción. Mas aunque agora me precio de discreto embajador, luego que cese el olor verás que me vuelvo a necio. CIRO ¡Oh, Bato, mil años goces la nueva sabiduría; que aún te dura todavía el ámbar, pues te conoces! |
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