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Coloquio entre monos y una

Edgar Allan Poe


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UNA. ¿Renacida?

MONOS.-Sí, mi hermosa y más amada Una. Ésta era la palabra, sobre cuyo místico significado yo había meditado tan largamente, rechazando la explicación del sacerdote, hasta que la Muerte ha descifrado el secreto para mí.

UNA.- ¡La Muerte!

MONOS.-; Qué extrañamente repites mis palabras, dulce Una! ¡Y qué gozosa inquietud en tus ojos! Estás confusa y sobrecogida por la majestuosa novedad de la Vida Eterna. Sí, hablaba de la Muerte, y ¡qué singularmente suena aquí esa palabra que en los viejos tiempos acostumbraba llenar de terror todos los corazones, haciendo marchitar todos los deleites!

UNA.-Ah la Muerte, el espectro que se sienta en todos los festines! ¿Cuántas veces, Monos, nos perdimos en especulaciones acerca de su Naturaleza? ¡Qué misteriosamente actuaba como freno para la felicidad humana, diciendo a cada paso "hasta aquí, y no más allá"! ¡Aquel vehemente y mutuo amor nuestro, querido Monos, que ardía en nuestros pechos! ¡Cuán vanamente nos hacía lisonjeamos, sintiéndonos felices por sus primeros brotes, de que nuestra felicidad se fortalecía con su fuerza! ¡Ay!, mientras crecía en nuestros corazones el temor de que aquella hora funesta se estaba acercando apresuradamente para separarnos para siempre. Así con el tiempo el amor se volvió doloroso, y el odio hubiera sido entonces un verdadero don.

MONOS.-NO hablemos ahora de esas penas, querida Una. ¡Mía! ¡Mía para siempre!

UNA.-Pero ¿no es el recuerdo del dolor pasado lo que constituye la alegría actual? Todavía tengo mucho que decir de las cosas pasadas. Por encima de todo, ardo en deseos de conocer los incidentes de tu paso a través del oscuro Valle de la Sombra.

MONOS.-Y cuándo la radiante Una pidió nada en vano a su Monos? Voy a ser minucioso al relatarlo todo. Pero ¿en qué punto he de dar comienzo al relato?

UNA.-En qué punto?

MONOS.-Tú lo has dicho.

UNA. Monos, te comprendo; la propia Muerte nos ha enseñado a los dos la propensión del hombre a definir lo indefinido. No te pedirá que comiences con el momento de la cesación de la vida, sino en aquel triste momento en que, habiéndote abandonado la fiebre, te hundiste en un sopor, inmóvil y sin respirar, y yo te cerré los pálidos párpados con los dedos llenos de apasionado amor.

Monos.-Una palabra primero, Una mía, referente a la condición general de los hombres de aquella época. Recordarás que uno o dos de los sabios antepasados, sabios realmente, aunque no en la estima del mundo, se habían aventurado a dudar de la propiedad del término "progreso", como aplicado a los avances de nuestra civilización. Hubo períodos. en cada uno de los cinco o seis siglos que precedieron inmediatamente ~ nuestra muerte, en que surgieron de vez en cuando algunas mentalidades vigorosas que valientemente luchaban por aquellos principios cuya verdad se muestra ahora a nuestra liberada razón; principios que hubieran enseñado a nuestra raza a someterse a la dirección de las leyes naturales, en lugar de someterlas a su control.

A largos intervalos, aparecían algunas mentes maestras que consideraban todo avance de la ciencia práctica como un retroceso en la verdadera utilidad. De vez en cuando la inteligencia poética-esa inteligencia que ahora sentimos que ha sido la más elevada de todas, puesto que aquellas verdades que para nosotros tienen la mayor importancia sólo se pueden alcanzar por esa analogía que únicamente habla en tono inconfundible a la imaginación y nada aporta a la razón-; de vez en cuando, repito, esa inteligencia poética daba un paso más allá en la evolución de la vaga idea filosófica y hallaba en la mística parábola que habla del árbol de la ciencia y de la fruta prohibida que produce la muerte, una clara insinuación de que la ciencia no era posible de ser alcanzada por el hombre, cuyo espíritu se halla todavía en la infancia, y aquellos hombres, los poetas, viviendo y muriendo en el escarnio de los "utilitarios", esos toscos pedantes que se confieren a sí mismos el título que sólo podía aplicárseles con propiedad para ser escarnecido, aquellos hombres, los poetas, reflexionaban lánguidamente, pero no faltos de ingenio, sobre aquellos días de la Antigüedad en que nuestros goces eran más sencillos que intensos, días que la palabra regocijo resultaba algo desconocida porque la felicidad era profunda y solemne: sanos y augustos días de felicidad en que los ríos azules corrían intactos entre las colinas no cultivadas, entre bosques solitarios, primitivos, olorosos e inexplorados.

Pero en realidad, aquellas nobles excepciones en medio del extravío general sólo servían para reforzarlo aún más por el contraste.

¡Ay! Habíamos caído en los días peores de todos nuestros días. Al gran "movimiento" como se le llamaba falsamente, le siguió una enferma conmoción moral y física.

El Arte-las Artes-resurgieron supremas, y una vez entronizadas echaron cadenas sobre la inteligencia que las había elevado al poder. El hombre, como no podía reconocer la majestad de la Naturaleza, cayó en una pueril exaltación del dominio que había logrado y que iba en aumento. Incluso cuando en su propia fantasía se consideraba Dios, una pueril imbecilidad le iba invadiendo. Como se puede suponer, del origen de este desorden se fue contagiando cada vez más con toda clase de sistemas y abstracciones ~ se envolvió en generalidades. Entre otras extrañas ideas, ganó terreno la de la igualdad universal y a la faz de la analogía y de Dios-a pesar de la fuerte voz de las leyes que advierte sobre los grados que se observan con claridad en todas las cosas de la Tierra y del Firmamento-a pesar de estas leyes, el hombre hizo insensatos esfuerzos para establecer una democracia omnipotente. Y, sin embargo, estos males surgieron del origen de todos los males: el conocimiento. El hombre no pudo conocer y sucumbió. Entretanto, se elevaron enormes ciudades humeantes, las verdes hojas se encogían ante el caliente respiro de los hornos, la hermosa faz de la Naturaleza quedó deformada como por alguna repugnante enfermedad y yo pienso, mi dulce Una, que hubieran bastado nuestros soñolientos sentidos de lo forzado y de lo excesivo para detenernos en aquel punto. Pero ahora se comprende que trabajábamos en nuestra propia destrucción por la perversidad de nuestro discernimiento, o mejor tal vez, por la ceguera de su cultivo en las escuelas. Porque la verdad es que en medio de aquella crisis, el discernimiento sólo-aquella facultad que mantiene una posición intermedia entre la inteligencia pura y el sentido moral-sólo aquel discernimiento podía habernos conducido con suavidad otra vez hacia la Belleza, la Naturaleza y la Vida. Pero ¡ ay del puro espíritu contemplativo y de la intuición majestuosa de Platón! ¡ Ay de la que precisamente él la consideraba como toda necesaria educación del alma! ¡ Ay de él y de ella! -puesto que ambos se necesitaban del modo más desesperado en aquellos momentos en que estaban más completamente olvidados o despreciados-. Pascal, un filósofo a quien ambos amábamos, ha dicho "que tout notre raisonnement se reduit a ceder au sentiment" ("que todo nuestro razonamiento se reduce a ceder al sentimiento") y no es imposible que este sentimiento de lo natural, de haber tenido tiempo, habría recuperado su antigua ascendencia sobre la severa razón de las escuelas. Pero esta cosa no había de poder ser. Prematuramente provocada por la intemperancia del conocimiento, la vejez del mundo vino rápidamente. Esto, la masa de la Humanidad no lo vio, o viéndolo intensa aunque infelizmente, afectó no verlo.

 
 

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