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Callar en vida y perdonar en muerte |
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Fernán Caballero |
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«Me está reservada la venganza, y Yo soy quien la ejerceré», dice el Sabor. (Epist. de Son Pablo a los Romanos.) Capítulo I: Una calavera entre dos floreros Veíase en la populosa ciudad de M*** una extraña anomalía que chocaba a todo forastero, pero que había llegado a ser para sus habitantes, por la costumbre que tenían de verla, cosa en que no paraban la atención. Consistía ésta en el mustio y extraño contraste que formaba en uno de los barrios más céntricos y de mejor vecindario de la ciudad, en una de las calles de más tránsito, en la que las casas competían en compostura y buen parecer, una casa cerrada, sucia, descuidada y sombría, cuyo aspecto hería la vista y afectaba el ánimo. Las dos casas que tocaban a sus costados estaban tan blancas como si fuesen de alabastro; sus rejas y balcones se habían pintado, forzando de esta suerte al grave hierro a vestirse de alegre verde de primavera, como las plantas que, colocadas en sus tiestos color de coral, los ocupaban. Asomábanse por encima de los tiradillos, con sus vestidos de varios colores, las vanidosas dahalias, que tanto ha embellecido el cultivo europeo; alzábanse las lilas, tan distinguidas entre las flores, como lo es en sociedad la persona que a un mérito real une la modestia. El heliotropo, que sabe cuanto vale, y por lo mismo desdeña visuales colorines, se retiraba detrás de los geranios, que, variando y mejorando su exterior, han sabido conquistarse un buen lugar entre la aristocracia de Flora. En el sitio preferente se ostentaban las camelias, frías, tiesas, sin fragancia, que es el alma de las flores, haciéndose valer y dándose tono, sin acordarse de que la moda y la novedad, que las ensalzan hoy, las desatenderán mañana, y que serán tanto más olvidadas, cuanto que no dejan un perfume por recuerdo. Inclinábanse sobre los rodapiés los exquisitos claveles, la más española de las flores, como si les doliesen sus hermosas cabezas por el exceso de su aroma. Detrás de las vidrieras se veían extendidas esas cortinas formadas de pequeños juncos verdes, que vienen de China, sobre las cuales se miran pintados pájaros extraños y apócrifos, que parecen partos del arco iris, figurando así las casas, grandes pajareras de aves fantásticas en jardines encantados. Por el contrario, la casa vacía, con sus paredes oscuras, sus negros hierros, sus maderas cerradas, si huyese de la luz del día y de las miradas de los hombres, parecía excluida de la vida alegre y activa y llevar sobre sí un anatema. En el balcón sólo se veían unos girones de papel de cartelón, que el viento y los aguaceros habían destrozado, y que su dueño, cansado de renovar, dejaba ya en el mismo estado; con cuyo mal aspecto parecían poner en entredicho aquella tétrica y abandonada mansión. En fin, podíase comparar la sola, silenciosa y fúnebre casa, enclavada entre sus dos alegres y vistosas vecinas, a una calavera colocada entre dos floreros. Capítulo II: Conversación En una de estas casas recibía una señora amable y risueña gran número de visitas, con motivo de ser los días de su santo. Dirigiéndose a uno de los caballeros que se hallaba sentado en el círculo formado ante su sofá, le dijo: -¿Con que no habéis hallado casa? -No señora, -contestó el interrogado, que era forastero-: las que se me han proporcionado, unas son estrechas para mi numerosa familia, otras están en mal sitio; y mi mujer, que sale poquísimo, lo primero que me ha encargado es que la casa que tome esté bien situada. -No hay duda en que este vecindario aumenta; no se hallan casas, -dijo uno de los presentes. -Pero, señora, -añadió el forastero-, acabo de ver la inmediata casa a la vuestra, desalquilada; me convendría mucho, y no me habéis hablado de ella. -Es cierto, es cierto -repuso la señora; ha sido una inadvertencia; pero estamos tan acostumbrados aquí a contar esa casa entre los muertos, que no debéis extrañar no se me ocurriese sacarla de su mortaja. -¿Entre los muertos? ¿Es decir, entre lo no existente? -preguntó asombrado el forastero. -Así es, puesto que nadie la ocupa, ni le quiere dar vida. -¿Y por qué? ¿Está acaso ruinosa? -Nada de eso; está en muy buen estado. -¿Es fea? ¿Es destartalada? -No; es buena y tiene comodidades. -¿Ha muerto en ella algún ético? -No, que yo sepa... Además, ese miedo exagerado, que es ciertamente una preocupación, se va desvaneciendo. Blanqueando las paredes, pintando las maderas, como se hace después de cualquiera enfermedad, todas las casas se habitan hoy día luego que deja de existir en ellas la víctima de ese terrible padecimiento, que sólo curan los viajes de mar con privilegio exclusivo. -Pues entonces, ¿cuál es el que tiene esa casa para no ser habitada?... ¿Tiene asombros? -añadió sonriendo el caballero forastero. -Justamente -contestó la señora. -¿Eso me decís en el siglo XIX, en medio del esplendor de las luces, en las barbas de la reinante despreocupación? -Sí señor, porque el asombro que se supone es el que selló en ella el crimen, y ese asombro aún no han llegado a disiparlo ni las luces, ni la despreocupación. En esa casa, señor, se cometió un asesinato. -Convengo -repuso el caballero- que eso debió de ser una cosa atroz para los que a la sazón la vivían, y terrible para los allegados y los parientes de la víctima; pero no creo sea razón suficiente para que, andando el tiempo, quede por ese motivo una casa condenada a ser demolida, o a existir sin ser habitada. ¿Cuánto ha que tuvo lugar el hecho? -Seis años. -Señora, entonces me parece el abandono de esa casa, inocente del atentado de que fue teatro, cosa de agüero y sobremanera anómala en esta época, en la que, sin extrañas influencias, llevan la utilidad y la conveniencia el timón de los hechos. |
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