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Blumfeld, un solterón

Franz Kafka


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Blumfeld, un solterón, subía una noche a su aposento, lo cual era una tarea fatigosa, pues vivía en el sexto piso. Mientras subía pensaba, como con frecuencia lo había hecho en sus últimos días, que aquella vida absurdamente solitaria resultaba muy molesta, que tenía que subir aquellos seis pisos con íntimo convencimiento para llegar hasta arriba, a su cuarto vacío; allí otra vez con íntimo convencimiento, ponerse la bata, encender la pipa, leer alguna cosa en la revista francesa a la que estaba suscrito desde años atrás, al tiempo de saborear un licor de cerezas preparado por él mismo, para finalmente, al cabo de una media hora, irse a la cama, no sin antes haber tenido que tender íntegramente el lecho, que la criada, rebelde a toda indicación, disponía siempre de acuerdo con su humor. Cualquier acompañante, cualquier espectador para aquellos menesteres hubiese sido bienvenido a los ojos de Blumfeld. Había reflexionado ya sobre la utilidad de procurarse un perrito. Ese animal es alegre y, ante todo, agradecido y fiel; un colega de Blumfeld tiene uno así, que no se apega a nadie, excepción hecha de su amo, y cuando no le ha visto durante algún tiempo, lo recibe con fuertes ladridos, con lo que evidentemente quiere expresar su alegría por haber encontrando nuevamente al extraordinario benefactor que es su señor. Sin embargo, un perro tiene sus desventajas, y aun cuando sea tenido en el mayor grado de limpieza, ensucia la habitación. Esto es imposible de evitar, no se lo puede bañar con agua caliente cada vez que se lo hace entrar, lo que, por otra parte, atenta contra su salud. Pero Blumfeld no tolera suciedad en su aposento, la limpieza de su habitación es algo indispensable para él y varias veces por semana sostiene disputas sobre este punto, con la, por desgracia, no muy cuidadosa sirvienta.

Como ella es dura de oído, por lo general la arrastra de un brazo hasta aquellos sitios de la habitación en los que hay algo de polvo.

Gracias a esta severidad ha obtenido que el orden en la habitación responda en algo a sus deseos. Con la introducción de un perro, él mismo implantaría en su cuarto la suciedad hasta ahora combatida con tanto celo. Las pulgas, eternas compañeras del perro, harían su aparición. Pero si hubiera pulgas allí, tampoco estaría lejos el momento en que Blumfeld dejaría al perro su confortable cuarto para buscar otra habitación. La falta de limpieza era, empero, sólo una de las muchas desventajas de los perros: enferman y sus enfermedades no las entiende, en verdad, nadie. El animal se hace un ovillo en un rincón, o anda renqueando, gime, tose, se sofoca de dolor, se lo envuelve en una manta, se le silba alguna cosa, se le arrima un poco de leche, en una palabra, se lo cuida con la esperanza de que sea un mal pasajero; en tanto puede ser una enfermedad seria, repugnante y contagiosa. Y aun cuando goce de buena salud, algún día tiene que ponerse viejo, no se ha llegado a tomar la decisión de deshacerse oportunamente del animal y llega entonces el tiempo en que la propia edad lo contempla a uno a través de los ojos lacrimosos del perro. Entonces hay que torturarse por ese animal semiciego, de pulmones precarios y tan cargado de grasa que apenas puede moverse, con lo que se pagan caras las alegrías que otrora proporciona. Por mucho que le gustaría ahora tener un perro, Blumfeld prefiere seguir subiendo solo la escalera treinta años más, en vez de ser molestado después por un perro que, resoplando más fuertemente aún que él mismo, subiera a su lado arrastrándose por los escalones.

Habrá de quedarse, pues, solo, careciendo de los antojos de una vieja solterona que quiere tener a su lado a algún ser viviente subordinado a ella, al que poder proteger, con el que poder ser cariñosa, al cual poder seguir sirviendo siempre, para cuya finalidad bastan un gato, un canario y aun peces de colores. Y si esto no puede ser, se contenta hasta con tener flores en la ventana. Blumfeld, en cambio, sólo quiere tener un acompañante, un animal del cual no tenga que ocuparse demasiado, al que un puntapié ocasional no le haga daño, que en caso de necesidad pueda pernoctar en la calle, pero que, cuando Blumfeld lo llame, se ponga en seguida a su disposición ladrando, saltando y lamiéndole las manos. Algo así quiere Blumfeld, pero como, según advierte, no puede obtenerlo sin problemas excesivos, desiste volviendo empero, de acuerdo con su naturaleza y de tiempo en tiempo, como por ejemplo esa noche, a los mismos pensamientos.

Una vez arriba, ante la puerta de su cuarto, saca la llave del bolsillo y le llama la atención un rumor que procede de su habitación.

Un rumor peculiar, como un tableteo, pero muy vivaz y regular. Como Blumfeld estaba pensando en perros, aquello le recuerda el rumor de patas que golpean alternadamente en el suelo. Pero las patas no producen un tableteo, aquello no son patas. Abre con rapidez la puerta y enciende la luz. No estaba preparado para lo que ven sus ojos. Aquello es brujería, dos pelotillas de celuloide, pequeñas, blancas y de rayas azules, saltan sobre el suelo una junto a otra, de tal manera que cuando una da en el suelo se levanta la otra, e incansablemente prosiguen su juego.

Una vez, en el gimnasium, Blumfeld, en un conocido experimento de electricidad, vio saltar en forma parecida unas bolitas pequeñas; éstas, en cambio, son, proporcionalmente, pelotas grandes, saltan libremente por el cuarto y no se está realizando ningún experimento de electricidad. Se inclina hacia ellas para observarlas mejor. Se trata, sin duda, de pelotas comunes, que contienen con seguridad otras pelotas menores en su interior que producen un ruido de tableteo. Hace ademán de asir algo en el aire, para comprobar si no cuelgan de algún hilo, pero no, se mueven en forma completamente independiente.

Lástima que Blumfeld no sea un niño pequeño, pues dos pelotas así hubiesen sido para él una alegre sorpresa, mientras que ahora le producen una impresión más bien desagradable. No carece enteramente de valor el hecho de llevar una oculta vida de soltero y pasar inadvertido, y he aquí que ahora alguien, no importa quién, ha irrumpido en esa intimidad, enviándole esas dos extrañas pelotas.

Quiere apoderarse de una de ellas, pero retroceden y lo atraen tras de sí hacia el interior de la habitación. Es demasiado tonto, piensa él, andar así a la caza de esas pelotillas; se detiene, las sigue con la mirada observando como ellas, dando al parecer por terminada la persecución, también permanecen en el mismo lugar. Sin embargo, voy a intentar cogerlas, vuelve a pensar, y corre hacia ellas. Ambas huyen de inmediato, pero Blumfeld las acosa, con las piernas separadas, hasta un rincón de la habitación, y junto al baúl que hay allí logra apoderarse de una.

Es una pelota pequeña y fría, que gira en su mano, ansiosa por escabullirse. Y también la otra pelota, al ver el trance de su camarada salta más arriba que antes y alarga los saltos hasta tocarle la mano. Golpea contra la mano que encierra por completo la pelota, salta más arriba aún y quiere, al parecer, alcanzar la cara de Blumfeld. Blumfeld podría también apoderarse de la otra pelota y encerrar a ambas en alguna parte, pero le parece demasiado absurdo, por el momento, tomar medidas semejantes contra dos pelotillas. Por lo demás, tiene gracia el poseer dos pelotillas como ésas, que no tardarán en cansarse y, rodando bajo un armario, lo dejarán en paz. A pesar de estas reflexiones, Blumfeld, con una especie de enojo, arroja la pelota contra el suelo y parece milagro que la débil y casi transparente envoltura de celuloide no se rompa. Sin transición, las pelotas vuelven a dar sus anteriores saltos a ras de tierra, recíprocamente alternados.

 
 

 

 

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